2019-09-10
Story

El sábado, 3 de agosto, Cindy Marquez formó parte de docenas de líderes comunitarios en Colorado que celebraron su graduación en un desafiante programa de capacitación que duró 17 meses.

Fotografías de Joe Mahoney/enviado especial de The Colorado Trust 

Por Kristin Jones

Racismo. Clasismo. Sexismo. Nacionalismo. Opresión.

Estas palabras, ¿causan divisiones?

Son palabras que explican algunas de las diferencias más brutales entre nosotros. Aquellas que forman la base de las diferencias en nuestro sentido de pertenencia, nuestra capacidad para vivir las vidas que buscamos, nuestra expectativa de vida y la seguridad de nuestros hijos. Pero, ¿invocan estas palabras por sí mismas diferencias solo al describirlas?

Cuando 90 líderes comunitarios provenientes de todo el estado se reunieron en Denver en abril de 2018 para empezar un programa de capacitación sobre la equidad en salud, sabían que estarían estudiando estos temas en una serie de conferencias durante 17 meses. La agencia Transformative Alliances de educadorxs contra la opresión crearon e implementaron el programa, de nombre Líderes Comunitarios en Equidad en Salud (CLHE, por sus siglas en inglés), con fondos proporcionados por The Colorado Trust.

Un puñado de participantes dejaron de asistir, pero la mayoría se quedó.

Antes de su graduación del programa en agosto de 2019, los pensamientos de los participantes no eran para nada sobre las diferencias. Eran sobre las relaciones que habían establecido entre ellos, las amistades duraderas y su propio crecimiento personal.

“Cambió completamente mi perspectiva sobre la vida en general”, dijo Georgia Hoaglund, una de las participantes. Hoaglund es directora ejecutiva de la organización Western Colorado Area Health Education Center en Grand Junction.

“A pesar de que he vivido en muchos estados, nunca había entendido o aprendido sobre el nacionalismo. Viví cerca de reservas indígenas, pero nunca entendí a la población indoamericana y por lo que habían pasado”, Hoaglund dijo. Mucha de la historia fue nueva para ella, al igual que algunos de los conceptos. “Claro, en la Ladera Occidental no somos como en el área metropolitana de Denver. Nunca hay clases aquí que hablen sobre la comunidad LGBT y transgénero. No sabía sobre eso”.

La experiencia no fue fácil, para nadie. Hoaglund recuerda una actividad donde los participantes tuvieron que actuar como personajes en una situación traumática sobre la inmigración fronteriza. Ella desempeñó el papel de una empleada de Western Union. Después de la actuación, durante una sesión para platicar de la experiencia junto con los otros participantes que eran realmente inmigrantes, Hoaglund les dijo que le pareció una experiencia “increíble”.

“Me miraron y dijeron: ‘¿Increíble? Eso le sucedió a mi familia’”, Hoaglund dijo. “Eso me llegó al corazón. Me llegó a la cabeza. Ahí estaba yo, y mi lección era lo importante que fue para mi aprendizaje”.  

Cuando regresó a su hogar, “le dije al personal de mi oficina: ‘Tenemos que encontrar algo que hacer sobre el nacionalismo. Tenemos que hacer algo por nuestra comunidad’. Regresé a casa y tuve muchas conversaciones con mis hijos”, Hoaglund dijo.

El programa exigió mucho de los participantes. Junto con la complejidad del material, había obstáculos prácticos. Después de la primera conferencia en Denver, hubo sesiones en Grand Junction, Fort Morgan, Pueblo y Carbondale. La gente se trasladó desde todas las regiones del estado. Se ofrecieron servicios de cuidados infantiles y transporte, junto con dinero para cubrir el salario que algunos de los asistentes dejaron de recibir por participar.

Sin embargo, fue una carga para algunos comprometerse a las conferencias de tres y cuatro días, junto con las reuniones regionales que se organizaron entre esos eventos más grandes; no todos los participantes que querían quedarse en el programa lograron hacerlo. Los participantes también tuvieron que desarrollar proyectos personales que concordaran con lo aprendido, además de proyectos comunitarios.

Proyectos que abordan problemas grandes

Durante los primeros días de agosto, los participantes presentaron estos proyectos frente a los demás. Muchos de los proyectos individuales surgieron de las experiencias de los participantes con formas institucionalizadas de racismo, clasismo, sexismo, nacionalismo y otros tipos de opresión.

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Zyshaun Jackson y otros participantes del programa de Líderes Comunitarios en Equidad en Salud platican sobre sus proyectos personales.

Zyshaun Jackson, recientemente graduado de la preparatoria en Colorado Springs, está reuniendo a estudiantes y maestros para proponer la incorporación de estudios étnicos en el plan de estudios de su distrito escolar.  

“La única historia que he aprendido en la escuela sobre las personas negras es sobre los esclavos o sobre las cosas malas”. Piensa que enseñar más historia en las escuelas sería una [buena] manera de abordar el trauma intergeneracional. Jackson también está involucrado en un esfuerzo para construir un nuevo centro comunitario enfocado en las personas de color en su ciudad.

Kerri Horton compartió su experiencia dejando una relación abusiva y recuperándose del abuso de sustancias. Aunque al principio estaba convencida de que no tenía voz, la persuadieron de que se registrara para votar en 2006. Más tarde se convirtió en una de solo cuatro mujeres que han formado parte del Consejo de la Ciudad de Yuma; Horton y otros han iniciado un proyecto con sede en Yuma y Fort Morgan para aumentar el número de personas que votan y la representacion de las mujeres, con un énfasis en las mujeres de color.

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Kerri Horton le describe un proyecto personal a Reyna Soria mientras Luis Gomez actúa como intérprete.

Un grupo de mujeres afiliadas a la organización de liderazgo comunitario Cultivando, con sede en Commerce City, estaba impulsando una iniciativa para promover el uso más amplio del modelo de promotoras. Este es un modelo que a veces se usa en los cuidados de salud y en el cual líderes comunitarios confiables proporcionan información y apoyo a sus pares; también se puede usar para mejorar la educación, el acceso a la vivienda asequible y la comida sana y para disminuir los obstáculos asociados con la inmigración.

Cindy Marquez, una participante joven, tuvo la idea de proporcionar audífonos y servicios de interpretación simultanea del inglés al español para su graduación de la escuela preparatoria de Fort Morgan en mayo. Quería que sus padres, quienes inmigraron a EE. UU. de Chihuahua, México, antes que ella naciera, pudieran entender la ceremonia. Funcionó; la administración de la escuela aceptó y un grupo llamado Culturas de Fort Morgan Cultures Unidas para el Progreso (el cual recibe fondos de The Trust) proporcionó un subsidio para la iniciativa.

“Para mis padres, no solo era un evento más al que tenían que ir”, Marquez dijo. Está acostumbrada a tener que interpretar o traducir para ellos. Pero esta vez, cuando caminó por el escenario para recibir su diploma, no tuvo que hacerlo.

Varios de los proyectos, como el de Marquez, se enfocaron en disminuir las diferencias en el idioma, para así abordar la opresión del lenguaje, el nacionalismo y los perjuicios contra el inmigrante que hacen que ciertas personas se sientan excluidas de sus propias comunidades y ciudades.

Un equipo de Lamar desarrolló un plan para ofrecer interpretación simultánea del inglés al español en oficinas y agencias en su propia comunidad. Ya compraron el equipo y planean entrenar a personas para que sean intérpretes cuando se necesite.

“Tenemos un pueblo dividido en Lamar,” dijo Christy Johnson, una mujer blanca que recuerda a su madre advirtiéndole desde su niñez que no se acercara a mexicanos. “Los mexicanos de un lado, la gente blanca del otro”.

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Alicia Mungaray escribe en un cartel antes de una presentación de un proyecto que busca aumentar la disponibilidad de clases para estudiantes de inglés como segundo idioma en su pueblo de Lamar.

Alicia Mungaray es parte del mismo equipo, al igual que de otro equipo que está trabajando para iniciar más clases para estudiantes que están aprendiendo inglés como segundo idioma (ESL, por sus siglas en inglés). Llegó a este país hace 23 años, cuando viajó con su hija de 2 años desde un pueblo afuera de Zacatecas, México, y se estableció en las Llanuras Orientales de Colorado porque quería ofrecerle una mejor vida a su familia.  

Cuando llegó aquí, no podía hablar con nadie. No podía entender lo que la gente decía. No tenía mucho dinero ni estudios. Empezó a trabajar en la escuela limpiando el área de juegos. Con el tiempo, consiguió un trabajo de tiempo completo como guardiana, el cual tuvo hasta que llegó la recesión. Las cosas se pusieron difíciles después de eso.

Durante todo este tiempo, Mungaray ha trabajado como voluntaria. Entre otros proyectos, ha trabajado limpiando casas abandonadas en el pueblo y ayudó a traer piezas de arte a espacios públicos.  

¿Por qué acepta ese trabajo extra cuando tan solo cubrir sus necesidades básicas ya es lo suficientemente difícil?  

“Quiero ser alguien”, Mungaray dijo.

Actos radicales para sanar

El sábado, 3 de agosto, dos visiones de Estados Unidos demostraron su poder a tan solo unos cientos de millas de distancia.  

Esa mañana, un hombre con un arma de fuego entró en un Walmart de El Paso, Texas, y empezó a disparar, matando a 22 personas. Más tarde les dijo a los investigadores que estaba tratando de dispararle a mexicanos. Fue tan solo el primer tiroteo masivo del fin de semana.

Al mismo tiempo, docenas de líderes comunitarios se estaban reuniendo por última vez en un hotel en Lakewood, Colorado. Era el día de graduación para los participantes del programa de Líderes Comunitarios en Equidad en Salud. Cientos de sus parientes y amigos viajaron para acompañarlos y celebrar su gran logro con lágrimas y pastel. Todos ahí eran alguien; podían verse y escucharse finalmente.  

En un momento en el que la violencia se ha convertido en algo común, los actos para sanar quizás sean los que parezcan radicales. 




Kristin Jones
Director Adjunto de Comunicaciones
The Colorado Trust