June 9th, 2021
Story

Una patrulla policíaca estacionada durante una barrida de un campamento de personas sin techo en la 4ª Avenida y Broadway el 5 de mayo de 2021.

Fotografías de Eli Imadali (excepto donde se mencione lo contrario)

Por Kristin Jones

Sharon Barth estaba enfrentando su tercera barrida en cuatro meses.

Había estado acampando junto a un estacionamiento de Dunkin' Donuts en la esquina de Broadway y la 4ª Avenida en Denver junto con su hermana y algunos amigos. Estaban tratando de tener el área arreglada al mantener sus pertenencias fuera de la vereda, y algunos de los vecinos en las casas cercanas parecían amigables y de vez en cuando paraban con comida.

Pero un par de días antes les avisaron que la policía los sacaría a la fuerza el miércoles, 5 de mayo, y ahora era martes por la tarde. Barth estaba revisando desesperadamente varios montones de cosas para ver qué podía salvar, vender o abandonar.

“Le está afectando mucho”, dijo William Good, parado ahí cerca. Good había estado acampando en la misma zona. “¿Cómo te sentirías si alguien te dijera: ‘Tienes que dejar tu hogar’? No está bien”.

El grupo de personas que estaban acampando a lo largo de este pedazo de tierra se conocían entre sí; tomaban turnos vigilando sus cosas. “Ahora me dicen mamá”, dijo Barth, quien tiene 51 años de edad y ha estado sin techo la mayor parte de su vida adulta. “Me hace sentir vieja”.

Acogió a Good de 60 años de edad, según cuenta ella, cuando se enteró de que lo habían golpeado; parecía como si siempre corriera el peligro de lastimarse. “Pero me escucha”, Barth dijo.  

Ahora, todo era un caos. La hermana de Barth, quien se estaba quedando en la tienda de campaña junto a la de ella, había desaparecido la noche anterior; nadie sabía dónde estaba.

“No sabemos a dónde vamos a ir”, Barth dijo.

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Sharon Barth organizó sus pertenencias el 4 de mayo de 2021, un día antes de una barrida del campamento donde estaba viviendo.

La falta de vivienda ha estado aumentando en todo el país desde 2016, después de años de estar disminuyendo. El aumento se ha visto impulsado por la mayor cantidad de personas que viven en las calles. Y eso era antes de la pandemia de COVID-19.

En 2012, la ciudad de Denver impidió acampar sin permiso en lugares públicos, al prohibir que las personas usaran “cualquier forma de cubierta o protección contra el clima más allá de la vestimenta”. En 2019, los votantes de la ciudad rechazaron una propuesta electoral que hubiera invalidado la prohibición de acampar.

Pero la gente nunca dejó de acampar, y la pandemia no ayudó. Los efectos colaterales de la pandemia afectaron negativamente a quienes ya estaban en situaciones precarias, y las moratorias de evicciones tuvieron suficientes fisuras como para permitir que algunos quedaran desprotegidos.

Ya entonces, muchos consideraban a los refugios como un último recurso. Good dijo que son peligrosos, sucios, te tratan mal, te separan de tus cosas y de tus seres queridos.

Al principio de la pandemia, los refugios consolidaron sus servicios y cerraron centros, lo cual redujo por más de la mitad la disponibilidad de camas. Al mismo tiempo, la propagación fácil de COVID-19 en espacios interiores concurridos creó otra razón para mantenerse alejado de ellos. Las personas que acampan en espacios urbanos encontraron pedazos de tierra donde se pudo: junto a estacionamientos vacíos porque trabajadores ya no iban a la oficina, debajo de pasos a desnivel en las carreteras, en parques.

Un número exacto de personas sin techo es difícil de encontrar. El último conteo tomado en un momento específico se realizó en enero de 2020, y encontró a 996 personas viviendo en las calles de Denver. (La mayoría de las 4,171 personas categorizadas como sin techo estaban viviendo en refugios, viviendas transicionales y moteles.) El conteo de este año de personas viviendo afuera se retrasó debido a la pandemia, pero la mayoría de los defensores comunitarios y proveedores de servicios creen que la cantidad aumentó.  

Desde el año pasado, la ciudad ha incrementado sus esfuerzos para poner a personas en hoteles, y tiene contratos con trabajadores que se dedican a conectar a la gente que acampa con vivienda permanente. La Ciudad de Denver también ayudó a financiar dos campamentos aprobados al aire libre que pueden recibir a un total de 100 personas. En febrero de 2021, los refugios de Denver estaban albergando 60 por ciento más personas por noche que en las dos semanas antes de la pandemia.

Sabrina Allie, portavoz del Departamento de Estabilidad en la Vivienda en Denver, dice que el objetivo no es colocar a personas en refugios, sino que obtengan una vivienda o prevenir desde el principio que pierdan sus hogares. Su oficina se enfoca en conectar a inquilinos con asistencia para pagar el alquiler, crear y preservar la vivienda asequible y ayudar a personas en crisis.  

“Sabemos que para acabar con la falta de techo, necesitamos poner a las personas en una vivienda y ayudarlas a obtener los servicios de apoyo que necesitan”, Allie dijo.

Pero no ha sido suficiente. Hay demasiadas personas sin vivienda estable y menos y menos vivienda asequible conforme los precios en el mercado de bienes raíces siguen aumentando.

El año pasado, las pautas de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades recomendaron proporcionar letrinas, estaciones para lavarse las manos y servicios residuales en campamentos, en vez de forzar a las personas a salirse de su único refugio durante la pandemia.

En lugar de hacer eso, Denver aumentó las barridas de los campamentos no aprobados. El grupo defensor Denver Homeless Out Loud contó 34 barridas en 2020. En 2021, el ritmo aumentó a más del doble, dijeron; la barrida en Broadway y la 4ª Avenida el 5 de mayo fue la 34ª del año hasta ahora. Portavoces de la ciudad dijeron que no tenían la cantidad.  

(Aunque se las conoce ampliamente como barridas o sweeps, en inglés, incluso entre las personas que desplazan, representantes de la ciudad desincentivan el uso de esa palabra y prefieren el uso de “limpiezas”.

“Es importante señalar que la palabra ‘sweep’ significa literalmente limpiar al remover polvo o basura, lo cual no es una forma que usaríamos para referirnos a personas que enfrentan la falta de vivienda, así que espero que quede claro que la ciudad no usa esa terminología”, Allie dijo.)

Quienes abogan a favor de las personas sin techo en Denver dicen que criminalizar la falta de techo es costoso, inconstitucional y no tiene sentido. Las personas desplazadas por las barridas frecuentemente dependen de amigos, proveedores de servicios y rutinas arraigadas a un lugar en particular; muchas de ellas se pasan a vivir a no más de una o dos cuadras de distancia para crear o unirse a otro campamento, y se instalan para establecer un ritmo incómodo hasta la siguiente barrida. La prohibición de campamentos ha enfrentado desafíos legales desde el principio.

Evan Dreyer, subjefe de personal para la oficina del alcalde de Denver Michael Hancock, dijo que las amenazas sanitarias de los campamentos, tanto para las personas que viven en ellos como para los vecindarios, son demasiado grandes para ignorarse. Cita ejemplos de personas que se han muerto al estar expuestas al clima mientras vivían en las calles, y recientes explosiones de gas propano en campamentos, incluida una que mató a un hombre que vivía en su camioneta.

“Creemos que son una desafortunada necesidad”, dijo Dreyer sobre las barridas. “Nuestro método siempre es, hagamos todo lo posible para tratar de que alguien llegue a una mejor situación, a una situación más estable y sana que vivir sin techo en las calles”.

En octubre, Denver Homeless Out Loud demandó a la ciudad para que suspendiera las barridas durante la pandemia. El caso sigue sin decidirse. En enero, un juez federal emitió una orden restrictiva que el abogado que representa a los demandantes definió como una victoria parcial. Denver tiene que notificar siete días antes de desplazar a las personas; anteriormente, a algunas personas les habían avisado solo un par de horas antes.

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Ana Cornelius, centro, del grupo de defensa Denver Homeless Out Loud, habló con personas antes de la barrida.

A pocos pies de donde Barth estaba organizando desesperadamente sus pertenencias, Ana Cornelius, quien documenta las barridas para Denver Homeless Out Loud, estaba hablando con un grupo de hombres que viven en tiendas aledañas. (Denver Homeless Out Loud recibe fondos de The Colorado Trust.)

Cornelius forma parte de un grupo de personas que van a todas las barridas. Dice que lo hace para asegurar que Denver cumpla con sus obligaciones bajo la orden restrictiva, y para concientizar sobre el impacto de las barridas. También se aparece un día antes para asegurar que quienes viven en los campamentos sepan lo que está pasando y cuáles son sus derechos.

Ese día, Cornelius estaba tratando de convencer a Chris Maynard, quien es militar veterano de las guerras de Irak y Afganistán, para que presionara al departamento de Asuntos de Veteranos (VA, por sus siglas en inglés) para obtener vivienda.

“Los veteranos reúnen requisitos para servicios que otras personas no [pueden recibir]”, Cornelius le dijo a Maynard. “Obtén lo que puedas. Te lo mereces”.

Pero Maynard no confiaba en el VA, y no le gustó lo que le ofrecieron la última vez que se comunicó con ellos: un lugar con baño compartido y poca privacidad.

“No juego bien con otros”, Maynard dijo. “Pude darme cuenta de que no iba a funcionar”.

Hace relativamente poco que Maynard está viviendo en las calles. La mayor parte de su vida, ha tenido suficiente dinero para mantenerse. Pero las cosas cambiaron. Le fue difícil procesar el trauma de la guerra. Vio a cuatro de sus amigos morir en combate. Se divorció, sufrió una crisis mental, y desembocó en la adicción.

Sin embargo, Maynard había logrado mantener su trabajo y vivienda hasta que la pandemia llegó, dijo. Después de que el trabajo del que dependía desapareciera, ya no pudo pagar los $1,200 o $1,500 mensuales que cuesta alquilar un apartamento de un ambiente en Denver.

Maynard, Rick Hervey y Brent Laraway se conocieron en una clínica de metadona, antes de vivir en las calles. Laraway también es militar veterano, aunque le gustaría no serlo. Se despierta gritando con pesadillas nocturnas, y Maynard es quien sabe cómo calmarlo.

Maynard dijo que le gustaría que se reconociera a la comunidad que existe entre las personas que viven sin techo en las calles de Denver.  

“Todos dependemos de cada uno”, Maynard dijo. “La gente no entiende eso”.  

Los refugios y otros programas de vivienda por lo general están diseñados para aceptar a una persona a la vez, o a familias con hijos.  

“Nunca entendí eso”, Maynard dijo. “Especialmente si hay adicción. Necesitas apoyo moral”.

También piensa que las intervenciones deberían hacerse con más anticipación, antes que las personas ya estén viviendo en las calles.  

“Nunca se debió permitir que yo terminara en esta situación”, Maynard dijo. Cuando estaba basado en Europa con el servicio militar, no vio a personas viviendo en las calles, no en la misma proporción que aquí. “Podemos desperdiciar dinero tirando bombas costosas en las personas. ¿Por qué no podemos ayudar a la gente aquí?”

Los tres hombres estaban planeando moverse antes que la policía llegara. Ya habían encontrado otro lugar a un par de cuadras de distancia.

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Brent Laraway, izquierda, y Rick Hervey estaban planeando empacar y salirse antes que se barriera su campamento el 5 de mayo.

Cornelius ha estado sin techo dos veces. Ambas ocasiones ocurrieron después de sufrir violencia: asalto sexual, violencia doméstica. La primera vez, vivió afuera, con interrupciones, por un año.

“Fue solo como querer desconectarme de la sociedad”, Cornelius dijo. “Ya no quería ser parte de ella. No me estaba ofreciendo nada”.  

La segunda vez que se encontró sin techo, años más tarde, tenía cinco hijos pequeños. (Ahora la mayoría ya son grandes; solo los dos más jóvenes viven con ella todavía.) Esa vez, se conectó con un programa que le proporcionó vivienda temporal, un cupón y un subsidio adicional, el cual logró ahorrar.

Haber sobrevivido episodios de violencia, u otro tipo de trauma, es un elemento común en las vidas de muchas de las personas que están viviendo en las calles.

Para Barth, fue la violencia doméstica lo que resultó en que se quedara sin techo la primera vez, cuando tenía 19 años de edad. Y muchas veces después de esa. “Todas mis relaciones han tenido violencia doméstica”, Barth dijo.

La falta de vivienda empeora el trauma. Muchas personas que viven en las calles han sido testigo o sufrido cantidades extraordinarias de violencia y agresión, incluidos ataques motivados por prejuicios contra ellas.

Las barridas también son traumáticas. Barth perdió todas sus pertenencias en la última que vivió. La policía supuestamente debe poner las cosas de las personas en una bodega cuando se las quitan, pero no siempre pasa. “Quisiera que dijeran la verdad, como: ‘Las vamos a tirar’”, Barth dijo.

(El Departamento de Policía de Denver no respondió a una solicitud específica de sus comentarios sobre lo que hace con las pertenencias de la gente durante las barridas y nos dijo que enviáramos cualquier otra pregunta al Departamento de Estabilidad en la Vivienda.)

Y, sin embargo, las cosas en las que las partes externas parecen enfocarse son las drogas y el alcohol.

“¿Qué harías tú [si no tuvieras techo]? ¿Vivirías una vida feliz?” Barth dijo. El consumo de drogas y alcohol es común en muchas comunidades de Estados Unidos; no debería sorprendernos que también sea común aquí. “Eso es lo que la gente hace. Es lamentable, pero eso es lo que la gente hace”.

Si la ciudad realmente quisiera ayudar, Barth dijo, enviaría a psicoterapeutas para que trabajaran con las personas que viven en las calles. O las ayudaría a encontrar vivienda permanente; Barth tenía un cupón de la Sección 8 y estaba en una lista de espera.  

Cornelius le recordó a Barth que el Concejo de la Ciudad de Denver empieza cada reunión reconociendo la tierra en la que están, un par de palabras que mencionan que están parados en tierras robadas de tribus indígenas.

Y sin embargo, a Barth, que es sioux oglala, la siguen desplazando. Las personas indígenas están sobrerrepresentadas entre los habitantes sin techo en Denver, igual que en el resto del país.

A Barth le preocupa mañana.

“No me gusta que la gente se me acerque a la fuerza”, Barth dijo. Le trae recuerdos de sus experiencias con la violencia. “A nadie [le gusta]”.

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Cornelius documenta la limpieza del campamento el 5 de mayo.

A las 6:15 de la mañana el día de la barrida, la policía había instalado una reja alrededor del campamento. (“Porque somos animales, ¿no sabías?” fue el comentario seco de una mujer sobre la reja que instalaron a su alrededor durante una diferente barrida el día anterior.)

Solo había como tres o cuatro personas todavía en las tiendas de campaña. Maynard, Hervey y Laraway ya se habían ido al otro campamento, después de dejar atrás un pequeño y ordenado montón de artículos desechados.

Good seguía ahí. Igual Barth. No terminó vendiendo nada, así que todas sus pertenencias estaban organizadas en montones. Estaba adentro de la tienda de campaña mientras las máquinas zumbaban afuera. No había rastros de su hermana.

Las patrullas de la policía se estacionaron, luego se movieron, por lo que fue difícil contarlos. Había cuatro; no, seis. Un montacargas Bobcat estaba parado y encendido. Había un camión para materiales nocivos, y policías y trabajadores encargados de residuos vestidos con chalecos amarillos dentro del área enrejada.

Las barridas no figuran en ninguna partida del presupuesto de la ciudad; hay demasiados departamentos involucrados. Los esfuerzos de organizaciones periodísticas y funcionarios electos para presionar a la ciudad para que sume los costos hasta el momento no han tenido éxito.

Personas afiliadas a From Allies to Abolitionists, un grupo de defensa con sede en Denver, presentó una solicitud de expedientes bajo la Ley de Archivos Abiertos para saber cuál es el costo de las barridas. Recibieron una factura de $6,000 si querían tener acceso a los archivos, los cuales son públicos según la ley, dijo John Staughton, quien trabaja con el grupo.

Como no podían pagar la cantidad total, el grupo decidió realizar su propia auditoría. Staughton va a cada una de las barridas y cuenta cuidadosamente el número de patrullas policíacas, los pies que miden las rejas que se instalan alrededor, las máquinas pesadas y las horas de los empleados de la ciudad. Calcula que cada barrida cuesta $21,000, o más de $650,000 en total hasta la primera semana de mayo.

El diario The Denver Post calculó su propio total con base en recibos de contratistas y obtuvo un resultado de $400,000 para las barridas del año pasado.

Dreyer, de la oficina del Alcalde, dijo que no estaba seguro del costo, pero supuso que el total de The Post era el más acertado. Ha escuchado el argumento de que sería mejor gastar el dinero en vivienda. Pero dijo que el costo de las limpiezas es minúsculo en comparación con lo que la ciudad gasta para prevenir y resolver la falta de techo, incluidos $80 millones anuales en viviendas asequibles, servicios de apoyo y refugios a través del Departamento de Estabilidad en la Vivienda y otros esfuerzos.

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Eve Thompson empacó sus cosas el 5 de mayo.

Adentro del perímetro, Eve Thompson estaba revisando sus pertenencias. Se salió del enrejado para agarrar café y un sándwich de Kelsang Vyria, una monja budista que asiste a todas las barridas para llevar comida y provisiones.

Thompson mantuvo una postura filosófica sobre las barridas.

“No está tan mal. Podría ser peor”, dijo. No tienen permitido acampar en terrenos públicos, así que los policías solo están haciendo su trabajo, concluyó. “Siempre y cuando seas amable, son amables”.

Lo que le gustaría es que la ciudad designara una zona amplia donde se les permitiera acampar a las personas, con duchas e inodoros.

“La gente hace pipí en los callejones. Y cuando llueve, apesta a pipí”, Thompson dijo. “¿No es eso peligroso para la salud?”  

Kelsang Vyria señaló que la gente con techo culpa de eso a las personas sin techo de eso.  

“Bueno, ¿pero dónde podemos ir?” Thompson dijo. Los restaurantes cercanos no les permiten que usen su baño, aunque compren algo, dijo.

Thompson ha estado viviendo en las calles por bastante tiempo. Hubo un tiempo durante el verano de 2020, cuando la gente estaba acampando cerca del Capitolio estatal, que sintió esperanza de que algo estaba pasando en Denver.

Bastantes personas en ese entonces consideraron el gran campamento en el centro de la ciudad como un peligro para la salud infestado con ratas, antiestético, una amenaza para la ciudad. Pero Thompson no pensó así.  

“Eso fue importante para la comunidad sin techo”, dijo. A pocos meses de que Denver rechazara la iniciativa de ley sobre el derecho a sobrevivir, la gente se hizo visible en el centro de la ciudad. “Es como si estuviéramos mostrándoles a todos [que] podemos vivir juntos en paz”.

Y luego un hombre le disparó a otro hombre y lo mató, y dos personas más salieron heridas en la balacera. Thompson dijo que los dos hombres ni estaban viviendo en el campamento. Pero no importó. “Sabíamos cuando pasó que era el fin”, Thompson dijo.

 La balacera sucedió justo frente a ella. “Todavía estoy muy mal por eso”, dijo.  

Thompson dejó de consumir heroína hace seis meses, con la ayuda de la metadona. Tan pronto como logre que su cobertura de Medicaid se transfiera a Nevada, se mudará a su casa en Las Vegas para estar con su mamá y su hija de 10 años.

Ya había pensado sobre cómo describirá este período, cuando termine: “Es como una comuna de jipis. Eso es lo que le diré a mi hija”, Thompson dijo.   

“Ya quiero estar en casa”, agregó.

Hoy por la noche estaba planeando acampar cerca del estacionamiento de Walgreens a dos cuadras de distancia.

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Trabajadores sacan basura durante la barrida del 5 de mayo.

Cornelius ha escuchado las quejas sobre los campamentos. Son las mismas que las personas que viven en ellos tienen, dijo.  

“Todos estamos de acuerdo en que las personas no deberían vivir en tiendas de campaña”, Cornelius dijo. “La gente no debería tener que hacer popó afuera. No deberías tener que pisar popó cuando estés caminando a tu casa. Estamos de acuerdo en que no deberías tener que pisar agujas [de jeringas]. A la gente no la deberían acosar ni asaltar en sus hogares. Si estamos de acuerdo en que tenemos el mismo problema, ¿cómo arreglamos eso realmente?”  

Hasta que las personas tengan acceso a una vivienda estable, sin condiciones, estos campamentos seguirán existiendo, dijo.  

Ella aboga a favor de parámetros sobre lo que es aceptable. Los campamentos más pequeños son más fáciles de controlar, dijo. Las ciudades podrían trabajar con grupos de ayuda mutua y organizaciones comunitarias para proporcionar baños portátiles, lavabos y duchas. Los campamentos podrían agregarse al calendario regular de la ciudad para recoger la basura.  

Cornelius ha tenido a veces una relación contenciosa con la policía. Su papel es como vigilante; llama a la abogada de su organización si las barridas empiezan antes de lo que deben o si no cumplen con la reciente orden judicial o con un acuerdo anterior.

A Cornelius también la han arrestado por su trabajo. En ese momento estaba enfrentando la posibilidad de pasar 300 días en la cárcel por violar el toque de queda en un parque, relacionado con una manifestación silenciosa en el Capitolio diseñada para concientizar sobre la cantidad desproporcionada de personas de color que viven sin techo. Le habían ofrecido un acuerdo con la fiscalía: una sentencia aplazada por tres meses y 12 horas de servicio comunitario.  

“Quieren sacarme de la temporada de manifestaciones”, dijo.

Pero en las barridas, Cornelius dijo que ha estado intentando modelar cómo sería una cooperación entre las organizaciones comunitarias y la ciudad. Ha desarrollado una relación de trabajo con los policías, incluidos aquellos que trabajan en el equipo de alcance a personas sin techo. Conoce a los policías y trabajadores encargados de residuos de nombre: Este es amable; ese es agresivo; este se ha convertido en malo conforme su trabajo ha aumentado.

Durante la barrida en la 4ª Avenida y Broadway, uno de los policías se acercó a la reja para preguntar si alguna persona sabía dónde alguien podía comprar una camioneta barata para cargar chatarra. Nadie supo.

Otro policía pidió ayuda para limpiar una tienda de campaña particularmente sucia. Estaba llena de comida podrida, dijo. Tres voluntarios se pusieron guantes y empezaron a vaciarla.

Es normal, Cornelius dijo, que a los voluntarios que se aparecen los llamen para que entren al enrejado y se encarguen de las labores más sucias, como descartar las jeringas, aunque haya trabajadores encargados de los materiales nocivos.  

Kelsang Vyria, la monja budista, había instalado una tienda plegable en ese mismo campamento unas semanas antes. Adentro había una cubeta con una bolsa de plástico para usar como inodoro. La llamaron para que la vaciara, lo cual hizo.

Dreyer, de la oficina del Alcalde, dijo que la ciudad se esfuerza para conectar a las personas con servicios tanto antes de las barridas como durante los eventos mismos.

Durante la barrida, Barth recibió una oferta. Podía ir a un refugio de emergencia, donde la conectarían con una habitación de motel por un año, mientras esperaba para obtener una vivienda más permanente.  

¿Sería este su camino a una vivienda estable?

Barth no estaba segura. No podía arriesgarse a perder todas sus pertenencias otra vez, y no confiaba en que la policía las pusiera en una bodega, como le estaban prometiendo. ¿Y qué pasaría con Good? El refugio y la habitación en el motel eran solo para mujeres. “Los hombres también necesitan un lugar donde ir”, dijo.  

Mientras se cargaban los últimos desperdicios del campamento a los camiones de basura, Barth todavía no sabía a dónde iría.

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Un montacargas se usó para sacar tiendas de campaña, basura y otros artículos que dejaron las personas a quienes les dijeron que se salieran de su campamento.

“Esta salió bien”, Cornelius dijo, después de que la barrida se acabó. “No siempre terminan así de bien”.

Atribuyó el resultado a una combinación de defensa, el trabajo de desarrollar relaciones con los policías, y suerte. Debido a la ubicación del campamento y donde se instaló el enrejado, los defensores pudieron ver bien lo que estaba pasando.

Durante una barrida al día siguiente, la reja alrededor del perímetro se instaló tan lejos del campamento que Cornelius y otros tuvieron que posicionarse arriba desde un paso a desnivel sobre la carretera para verlo bien.  

Que les avisaran antes también ayudó; Maynard y sus amigos pudieron proteger sus pertenencias y salirse antes que llegara la policía.

Cornelius reconoce a los trabajadores de la ciudad, incluidos los policías, que se esfuerzan más de lo normal para encontrar vivienda para la persona más vulnerable en cada campamento. Pero el objetivo general de su organización es acabar con la criminalización de la falta de techo.

“La única forma como la falta de techo acabará es proporcionando vivienda a las personas”, Cornelius dijo.

“Me gustaría ver flexibilidad en lo que la vivienda significa”, agregó. “Hay muchas formas como los seres humanos viven en todo el mundo y todas esas opciones deben estar disponible. Vivienda conjunta, casas diminutas; estas son [opciones] muy económicas. Muchas personas prefieren esos tipos de situaciones para vivir”.

Descarta la idea de que proporcionar vivienda estable a la gente sea demasiado costoso. La ciudad tiene recursos, dijo, incluidos alrededor de $40 millones recaudados mediante un impuesto a la venta que los votantes aprobaron en Denver el pasado mes de noviembre con el objetivo de abordar la falta de vivienda.

“Creo que si intentamos ser un poco más intencionados y un poco más inclusivos, descubriremos que tenemos todos los recursos y la habilidad de hacer esto ahora”, Cornelius dijo. “Solo tenemos que modificar nuestras prioridades. Y creo que esa sería mi pregunta. ¿Cuál es nuestra prioridad? ¿Son las ganancias? ¿Son las personas? ¿Es cuidarnos los unos a los otros? ¿Es pelearnos por los recursos? ¿Cuál es nuestra meta?”

Los esfuerzos actuales para proporcionar vivienda, tan inadecuados como sean, enfrentan intensos desafíos de las personas que ya tienen un techo. El día después de que a Barth y a los otros los barrieran de su hogar, un grupo de vecinos en el elegante vecindario de Park Hill pusieron una demanda para prevenir que una iglesia instalara un campamento aprobado por la ciudad en su estacionamiento por seis meses. (La demanda judicial se desestimó.)

Otro grupo de personas estaba trabajando para deshacer una reciente medida del Concejo de la Ciudad de Denver que permite que hasta cinco personas no emparentadas compartan una vivienda, una cantidad mayor al límite previo de dos. Su petición obtuvo suficientes firmas para incluirla en la boleta electoral de noviembre.

Ese viernes, Cornelius participó en una reunión del Proyecto de Ingresos Básicos de Denver (Denver Basic Income Project, en inglés). El proyecto piloto es un experimento que reconoce la autonomía de las personas que no tienen techo y les proporciona un ingreso mensual, sin condición alguna. Experimentos anteriores para distribuir un ingreso básico en otras partes del mundo han resultado en beneficios como en la salud, felicidad y estabilidad.

Cornelius y otros involucrados estaban diseñando un mensaje para las muchas personas sin techo que se han comunicado para preguntar sobre la participación en el programa. A muchas personas las rechazarán, Cornelius señaló. Necesitaban comunicar eso claramente.

A pesar de todo, Cornelius tiene la esperanza de que el trabajo de organizar a la comunidad y establecer conexiones más fuertes entre las personas que viven sin techo y sus aliados ayuden a cambiar las cosas.

“Son estas organizaciones comunitarias las que están reduciendo las brechas que el capitalismo convenientemente tiene”, Cornelius dijo. Los movimientos de manifestaciones durante la pandemia, a favor de la equidad racial y para eliminar fondos de la policía, tienen metas que solo pueden alcanzarse si las comunidades se involucran, dijo. “Mientras más inclusivos seamos, más probabilidades tendremos de lograr eso”.

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El pequeño espacio afuera del estacionamiento de Dunkin' Donuts donde Barth y otros habían estado acampando quedó vacío después de que la policía y los trabajadores encargados de residuos terminaron de barrerlo.  

Cornelius aceptó el acuerdo con la fiscalía. Les había prometido a sus hijos que no iría a la cárcel.

Dos semanas después, recibió noticias de Sharon Barth.

Barth nunca fue al refugio ni al motel. En lugar de eso, estaba en Broadway y la 2ª Avenida, en un campamento más grande que el que había dejado. Varios otros de sus conocidos también estaban ahí, incluida su hermana, del otro lado de la calle, y Thompson. Laraway también estaba ahí, Barth dijo.

Otro día lluvioso en un mes de lluvia, Barth estaba tratando de mantenerse seca en su tienda de campaña. Dijo que había decidido esperarse hasta encontrar un apartamento mediante la Sección 8.  

“Creo que eso sería mejor”, Barth dijo. Dijo que, al fin de cuentas, sentía cierta ambivalencia de dejar a su comunidad. “Quiero dejar de vivir en las calles. Pero al mismo tiempo, esta es mi familia, y no puedo solo dejarlos”.

También quería que Good dejara de vivir en las calles. Un par de día después de la última barrida, lo golpeó un coche. Barth estaba molesta con él en ese momento, pero “sigue siendo mi mejor amigo”.  

Mientras tanto, tenía comentarios para el alcalde Hancock sobre cómo ayudar a las personas a encontrar vivienda, cómo ayudarlas a obtener el medicamento y la atención que necesitan, y cómo hacer que los campamentos no se conviertan en amenazas para la salud.

“Quiero hablar con él”, dijo. “¿Por qué no viene y habla con nosotros?”

Había hecho un letrero con letras claras y estilizadas en un pedazo de cartón:

Por favor ayúdenme, necesito ayuda financiera para poder comprar Pampers y una Cabra porque el Alcalde no nos deja Tener Baños ni Basureros y todos quieren culparnos a nosotros!!!?? Gracias y que Dios los bendiga

(Cuando le pedimos una respuesta, Dreyer dijo que su oficina estaba trabajando con proveedores de servicios para encontrar una vivienda temporal para Barth y Good mientras ella esperaba que hubiera un departamento disponible.) 

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Barth afuera de su tienda de campaña en Broadway y la 2ª Avenida, el 18 de mayo de 2021, 13 días después de la barrida a dos cuadras de distancia. Fotografía de Kristin Jones

Cerca, en Aurora, el alcalde Mike Coffman también se estaba preparando para proponer una prohibición para acampar en su ciudad.

Y Barth se estaba preparando para empacar otra vez sus cosas. Dentro de dos días, su nuevo campamento estaba programado para barrerse.  

Corrección: Una versión anterior de esta historia deletreó incorrectamente el nombre de Kelsang Vyria. 

Traducido por Alejandra X. Castañeda

Kristin Jones
Director Adjunto de Comunicaciones
The Colorado Trust