March 31st, 2021
Story

Charles y Jennifer Tiko, fotografiados afuera de su hogar en Colorado Springs el 19 de marzo de 2021.

Fotografías de Eli Imadali

Por Kate Ruder

Un año después de que los primeros casos de COVID-19 se diagnosticaran en Colorado, todavía estamos aprendiendo sobre los efectos del virus en las personas embarazadas. Estudios muestran un panorama complicado. Por ejemplo, algunas personas que se enferman de COVID-19 mientras están embarazadas corren más riesgo de enfermarse gravemente y morir.

Ese quizás sea particularmente el caso entre las personas negras, quienes ya enfrentan altos porcentajes de mortalidad materna e infantil en Estados Unidos.

A Jennifer Tiko la diagnosticaron con COVID-19 en noviembre de 2020 como parte de una prueba de rutina en las instalaciones de detención juvenil Zebulon Pike en Colorado Springs, donde trabaja como cocinera.

Embarazada de seis meses en ese entonces, Tiko dijo que el “coronavirus la tuvo secuestrada”. Era difícil respirar, sus senos paranasales se desgarraron; estuvo tan enferma que a veces vomitaba hasta 15 veces al día.

“Estaba aterrada por mi propia vida y por la vida de mi hijo”, dice Tiko, de 39 años de edad.

Tiko dice que se recuperó, regresó a trabajar, y luego recayó con síntomas aterradores: un espiral de problemas de salud que afectaron su embarazo y labor de parto, y afectan su vida ahora. Tiko dice que no fue al hospital por COVID-19 porque tuvo miedo después de escuchar historias de gente muriendo sola en el hospital. A la vez, las cuarentenas y los síntomas prolongados la forzaron a faltar a algunas citas prenatales a lo largo de su embarazo. Dio a luz a su diminuto hijo Ayomide a las 29 semanas de gestación.

En la mayoría de los embarazos, los riesgos relacionados con el coronavirus son relativamente menores. Un estudio a gran escala de mujeres embarazas en hospitales públicos con muchos pacientes en Dallas, Texas, encontró que la infección del coronavirus no estaba relacionada con el parto prematuro ni la hospitalización materna. Sin embargo, un pequeño número de mujeres que se enfermaron gravemente de COVID-19 tuvieron la probabilidad de sufrir un aborto natural y parto prematuro, según un estudio publicado en inglés en noviembre de 2020 en la Revista de la Asociación Americana de Medicina.

Las desigualdades históricas de salud continúan existiendo. Los bebés negros en EE. UU. tienen mucha más probabilidad que los bebés blancos de nacer prematuros, y un estudio entre mujeres embarazadas en dos hospitales de la Ciudad de Nueva York encontraron que esas desigualdades permanecieron pero no empeoraron durante la pandemia.

Las mujeres negras e hispanas enfermas con COVID-19 durante el embarazo también se mueren en mayores porcentajes que otras mujeres embarazadas con la enfermedad, según un informe publicado en octubre de 2020 por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE. UU. Eso refleja el daño mayor que COVID-19 ha causado en las comunidades de color debido al racismo estructural y la pobreza, además de una mayor probabilidad de trabajar en lugares esenciales con mayores riesgos de exponerse al virus.

“Dando a luz a un bebé negro, en general, los niveles de estrés serán más altos. Cuando añades COVID a eso, realmente amplifica muchas cosas más”, dice Shelby Irvin, quien es consejera para la lactancia, doula y educadora de parto en una agencia privada, The Soulful Mama, donde atiende a familias de color en Colorado Springs.

Para las personas que están embarazadas ahora, hay esperanza de que los peores resultados puedan prevenirse con la distribución de la vacuna contra COVID-19. En Colorado, las personas embarazadas ahora reúnen requisitos para recibir la vacuna, aunque puede ser difícil encontrar una cita.

Diagnóstico, cuarentena, trabajo y luego, recaída

Según una encuesta de más de 900 mujeres embarazadas realizada en Filadelfia durante la pandemia, era más probable que las mujeres negras dijeran que sus trabajos se vieron afectados negativamente durante la pandemia y estuvieran más preocupadas por el impacto económico a largo plazo y por su experiencia prenatal, de parto y posparto que las mujeres blancas.  

“Sentí como si me hubiera caído una tonelada de ladrillos encima”, dice Tiko de cuando se enteró de que tenía COVID-19. Su esposo Charles, quien trabaja en Walmart, y su madre también se enfermaron de COVID-19, con casos leves.

Tiko se puso en cuarentena en su casa durante 14 días, pero cuando regresó a trabajar, le fue casi imposible mantenerse de pie durante su turno de 8 horas en la cocina. Trabajó un día antes de volver a sentir síntomas como fiebre, neumonía y escalofríos. Tomó medicamentos sin receta médica, como Robitussin y Imodium.

“Cuando tuve COVID, realmente me sentí sola. … Tenía miedo de que si iba al hospital, mis probabilidades de sobrevivir quizás no sería muy buenas”, Tiko dice. Sabe que las personas negras tienen mayor probabilidad de morir debido a la enfermedad.

A los seis meses de embarazo, había bajado 11 libras y su bebé no estaba aumentando de peso. Descubrió que quizás la tendrían que inducir para proteger al bebé. Tiko no se imaginaba lo prematuramente que llegaría su bebé.

Deprisa al hospital

Después de su segunda ronda de síntomas, Tiko regresó a trabajar por dos semanas en enero, antes de desarrollar preeclampsia, una complicación médica durante el embarazo que incluye hipertensión. Sin tratamiento, la preeclampsia, la cual ocurre en porcentajes mucho más altos entre las mujeres de color, puede ser mortal para las madres y los bebés.

Tiko se dio cuenta de que ya no podía usar sus zapatos, pero cuando fue a ver a su médico a finales de enero, las enfermeras notaron que sus tobillos estaban tan inflamados por la preeclampsia que su piel estaba desarrollando ampollas debido a la presión.

Tiko llamó a su esposo y a su madre, quienes juntos la llevaron deprisa a un hospital en Colorado Springs, en donde se quedó por una semana antes de recibir una cesárea de emergencia debido a su alta presión arterial. A Irvin, su doula, no le permitieron estar en el hospital debido a restricciones por COVID-19, así que Irvin habló por teléfono e hizo videoconferencias con Tiko antes de la cirugía y después del parto.  

Antes de enfermarse de COVID, Tiko se había imaginado que daría a luz parto en su casa con una partera y una doula: “Que te digan que no tienes ninguna otra opción [más que tener una cesárea] y que tu hijo está luchando por su vida, me dolió en el alma”. Elogia a las enfermeras y médicas que calmadamente asistieron en el parto de su hijo Ayomide durante la noche del 31 de enero.

“Lloré de felicidad al verlo”, dice Tiko, de cuando vio a su esposo caminar con su hijo en brazos hacia la unidad de cuidados intensivos neonatales.

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Charles Tiko sostiene un portarretratos con fotografías del bebé Ayomide, quien se está quedando en la unidad de cuidados intensivos neonatales hasta que esté lo suficientemente fuerte para ir a casa.

Abrazando por fin a Ayomide

Tiko y su esposo solo pudieron tomar de la mano a Ayomide, quien pesaba 2 libras y 5 onzas cuando nació, a través de una ventanilla en la incubadora los primeros días después de nacer.

Tiko le dijo al pediatra de Ayomide: “Dale más gracia porque ha pasado por mucho. Nació antes, y tuvo que luchar contra el coronavirus con su mamá”.

Ahora ya en casa, Tiko y su esposo visitan a Ayomide en el hospital con tanta frecuencia como pueden. Tiko dice que su familia le ha servido de gran apoyo, especialmente Charles, durante todo este tiempo. Ambos esperan traer pronto a su hijo a casa, quizás en abril.

Tiko, para quien amamantar ha sido una prioridad, sigue tratando de sacarse leche materna para que Ayomide la tome con un biberón. Dolor de las líneas intravenosas que le pusieron durante su hospitalización causa dificultades para que mueva sus brazos y se saque leche. Tiko dice que ya no tiene síntomas de COVID-19.

La primera semana de febrero, las enfermeras finalmente le dijeron a Tiko que podía abrazar a Ayomide, de piel a piel, sobre su pecho. Se lavó las manos, se puso una mascarilla y se sacó la camisa. Lo abrazó suavemente mientras sintió sus pequeñas manos y dedos agarrar su piel. Lo escuchó respirar, llorar y volverse a dormir.

“Fue tan maravilloso. Estaba tan suave. Diminuto y adorable”. Lo tuvo en brazos por tres horas.

Traducido por Alejandra X. Castañeda

Kate Ruder
Periodista
Boulder, Colo.