2020-09-14
Story

Katherene Simpson, quien vive en Durango, se ha quedado sin comida y a veces no ha salido de su apartamento ni visto a otra persona por semanas.

Fotografías de Jeremy Wade Shockley

Por Bret Hauff

Gary Wilkie no quiere regresar nunca a un asilo de ancianos, pero el hombre de 79 años sabe que sin más personas en su vida para apoyarlo, quizás deba hacerlo.  

Wilkie pasa la mayor parte de sus días solo en un apartamento de una habitación en el tercer piso de un edificio con viviendas asequibles en Durango, Colorado. Ve televisión para pasar las horas; hacer cualquier otra cosa le causa dolor. Una varilla de metal en su pierna izquierda, sujetada con tornillos en su cadera y rodilla, evita que pueda moverse a paso normal.

Aunque a Wilkie no le preocupa contagiarse del coronavirus, los efectos de la pandemia saturaron los servicios de atención ya limitados. Esto dejó a Wilkie y a otras personas de la tercera edad en el sudoeste de Colorado sin gran parte del apoyo que necesitan para sobrevivir.

Quienes trabajan a favor de los ancianos dicen que la pandemia ha revelado los desafíos persistentes al acceso a servicios en el hogar que muchos ancianos necesitan para vivir independientemente. La falta de trabajadores que ofrecen atención a domicilio ya existía antes que COVID-19 llegara al sudoeste de Colorado, según dicen las agencias locales que ofrecen estos servicios. Los trabajos no han pagado bien por años, lo que causa la rotación frecuente del personal. Y ahora, los trabajadores tienen que preocuparse de contraer o contagiar un virus que es particularmente peligroso para sus clientes.  

Las organizaciones no lucrativas y los voluntarios locales están haciendo todo lo posible, dada la situación. Pero conforme la pandemia continúa, la carga del aislamiento, tanto físico como mental, es notable, y en algunos casos permanente.

Esta primavera, Wilkie se salió de un asilo de ancianos en Pagosa Springs (después de vivir ahí por 14 meses) con un cupón para la vivienda, ayuda financiera, servicios de atención financiados por Medicaid y un plan para reducir los riesgos, todo esto con la esperanza de mantener su independencia y no tener que regresar a un asilo, dijo Denise Magner, coordinadora de servicios de transición en el Centro Sudoeste para la Independencia. Esta organización regional no lucrativa opera bajo la dirección de y ofrece servicios a personas con discapacidades, al igual que a integrantes ancianos de la comunidad.

Pero a pocas semanas de que Wilkie se mudara a su apartamento, se reportaron casos confirmados de COVID-19 y de contagio comunitario en Colorado. Los riesgos para las personas que ofrecen atención en el hogar, quienes quizás visiten a varios clientes por día, aumentaron. Esto hizo más difícil que las agencias encontraran empleados dispuestos a ofrecer servicios a domicilio por casi un salario mínimo a personas en situación de riesgo.

Wilkie, aislado y sin la atención necesaria, se cayó el 7 de mayo y se fracturó la cadera. Cuando volvió en sí, estaba de regreso en un asilo de ancianos, pero esta vez en Durango, el mismo lugar donde su esposa había muerto años antes después de sufrir de la enfermedad de Alzheimer. Se recuperó ahí por casi dos meses y regresó a su apartamento el 24 de junio.  

“Tienes que tener ayuda. No puedes hacerlo solo”, dijo. “Trato de hacerlo solo, pero no puedo”.  

Puede llamar a Shera Johnson, quien trabaja como voluntaria en el Centro Sudoeste para la Independencia ayudando a ancianos en su comunidad, cuando necesitan ir al supermercado o a una cita médica. Pero mientras más tiempo Johnson pasa con Wilkie, más cuenta se da de que ella sola no es suficiente.

Johnson, dueña de un negocio local, estaba entusiasmada de apoyar a personas en su comunidad, a pesar de sus propios desafíos con el aislamiento durante la pandemia. Pero tiene una familia, amigos y acceso al aire libre; Wilkie no lo tiene. Johnson dijo que su entusiasmo se convirtió en agotamiento este verano cuando se dio cuenta de que no podía ayudar con todas las necesidades de Wilkie.  

“Mientras más tiempo paso con él, más cuenta me doy de que se siente solo”, dijo. “Esto es algo que quiero hacer por Gary y la comunidad, pero no puedo hacerlo yo sola”.

coronavirus_and_rural_senior_home-based_care2.jpg

Shera Johnson (izq.) trabaja como voluntaria a través del Centro Sudoeste para la Independencia ofreciendo transporte y compañía a Gary Wilkie (der.), quien de lo contrario pasa la mayor parte del tiempo solo en su apartamento de Durango.

“Un final solitario”

A Katherene Simpson no la encontraron por horas después de que se cayó.

La mujer de 72 años estaba saliendo de su hogar en Pagosa Springs para ir a una cita preoperatoria en 2017 en Durango para reparar una vértebra comprimida debido a una caída anterior. Cuando alguien la encontró, ya estaba sufriendo de insuficiencia renal.

Los médicos la enviaron a Colorado Springs para recibir tratamiento y atención. Tres asilos de ancianos y casi tres años después, se mudó a un centro en Pagosa Springs con ayuda de una amiga de su familia y una trabajadora social que vive ahí. Fue en ese entonces que nuevos síntomas aparecieron.

“Empecé a perder la habilidad de razonar, enloquecí”, Simpson dijo. “No podía recordar cosas, no podía hacer esto o aquello”.

A pesar de eso, después de siete u ocho meses en un asilo de Pagosa Springs, médicos, enfermeras y trabajadoras sociales concluyeron que Simpson podía vivir sola. Esta primavera, Magner la ayudó a obtener un cupón para la vivienda y servicios de apoyo. El 9 de marzo, Simpson se mudó a un apartamento de tercer piso en Durango, justo enfrente de Wilkie cruzando el patio interior.

Dos días después, la Organización Mundial de la Salud declaró que COVID-19 era una pandemia.

Nadie vino a visitarla, Simpson dijo. No salió de su apartamento por semanas enteras. Había planeado hacer obras de arte y jardinería, pero los efectos de la pandemia limitaron los servicios y negocios que ya estaban teniendo dificultades para cubrir la demanda. Esto dejó a Simpson sin el apoyo necesario para obtener materiales o herramientas.

“Me sentí aislada del mundo”, dijo.

Quienes trabajan a favor de las personas con discapacidades han aumentado las transiciones de asilos a viviendas independientes durante la pandemia, dijo Julie Reiskin, directora ejecutiva de la Coalición de Interdiscapacidades en Colorado (una beneficiaria de The Colorado Trust). Hay buenas razones de ello.

Más del 40 por ciento de todas las muertes por COVID-19 (es decir, más de 68,000) y el 8 por ciento a nivel nacional (más de 400,000) están conectadas con asilos, cuya población representa menos del 1 por ciento, según Reiskin. En Colorado, más de la mitad (54 por ciento) de muertes por COVID-19 están conectadas con dichos centros, según un análisis del diario The New York Times. Por lo menos 453 muertes por COVID-19 en Colorado están conectadas con asilos certificados por Medicaid o Medicare, según datos reunidos por Atlantis Community, Inc., un proveedor basado en Denver que ofrece servicios para la vida independiente.

Este último año, el Centro Sudoeste para la Independencia ayudó a por lo menos cuatro personas mayores para que hicieran la transición de un asilo a una vivienda para gente con bajos ingresos. Por lo menos nueve personas más en el sudoeste de Colorado están pasando por el proceso, Magner dijo. Sin embargo, es más difícil que nunca obtener acceso a atención en el hogar.

Ya era difícil encontrar personas que trabajaran profesionalmente ofreciendo atención en hogares del sudoeste de Colorado, dijo Vanessa Velasquez, gerenta de Colorado Compassionate Care con sede en Mancos. La agencia solo se entera de clientes potenciales cuando llaman para solicitar sus servicios, lo cual crea dificultades para saber cuándo contratar y mantener a empleados.

“Muchas personas eligieron salirse porque le tenían miedo a COVID”, dijo. “Para los cuidados en el hogar, es una situación que cambia día a día”.

Muchos de los ancianos que Magner está ayudando a salirse de asilos no le tienen miedo a COVID, dijo: “Le tienen más miedo a vivir sin vivir. Y eso es lo que están haciendo ahora. No está viviendo realmente”.

“¿Qué les da esperanza? Nada”, Magner agregó. “Y eso no es solo por COVID. Es raro que un día cualquiera alguien mencione su nombre”.

Simpson no puede ir al supermercado sola. Cuando el elevador de su edificio se descompone, queda atrapada en el tercer piso. Su hermano en Pagosa Springs dejó de visitarla. Se le ha terminado la comida por lo menos una vez.

“Es un final solitario para una vida que ha estado llena de alegría”, Simpson dijo. “No hay mucho que pueda hacer. Estoy encerrada”.  

Una vida juntos

Simpson y Wilkie no son amigos; son vecinos. No tienen mucho en común: él es un exguardia de la reina Isabel II que hizo “todo lo que me permitieron hacer”; ella es una exsecretaria que “nunca demostró odio contra las personas”.

Pero sí comparten una pasión: la jardinería.

Wilkie se precipita a vanagloriarse por los “grandes y hermosos tomates” que ha cultivado la mayor parte de su vida. Simpson estudio diseño de jardines en Thousand Oaks, California, donde vivió antes de mudarse a Colorado en 2016.

La jardinería “es una manera de sentirse útil, así no sientes como que estás atrapada en algo”, Simpson dijo.

Ahora, cuatro huertos elevados adornan el patio interior entre los edificios donde Wilkie y Simpson viven. Un subsidio obtenido a través del Centro Sudoeste para la Independencia pagó por su construcción. Simpson tuvo la idea de crear un huerto comunitario, y Magner reconoció la oportunidad de traer más personas y apoyo a las vidas de sus clientes.

“Tiene que ver con que haya varias personas diferentes haciendo una cosa sencilla”, Magner dijo. “Los vecinos vienen, conocen a sus vecinos, respiran aire fresco y participan en una actividad. Es como, en pequeña escala, hacer que sea realmente sencillo apoyar a este grupo de personas que están aisladas”.

Wilkie y Simpson se reúnen cada semana con Magner y otros en la comunidad de viviendas asequibles para un evento comunitario. A veces es yoga, otras veces es arte, pero últimamente el tiempo se ha dedicado a planear el huerto. El huerto y las actividades semanales hacen que Wilkie y Simpson salgan de sus apartamentos para interactuar con los demás (mientras mantienen una sana distancia), lo que les da algo que hacer cada semana y una excusa para estar afuera.

Pero independientemente de la pandemia, la falta de personal dedicado a ofrecer servicios en el hogar con frecuencia presenta un obstáculo para apoyar a las personas mayores en el sudoeste de Colorado, dijo Tara Kiene, directora ejecutiva de Conexiones Comunitarias, la cual emplea a gerentes de caso y proporciona servicios directos a personas con discapacidades intelectuales y del desarrollo. Este verano, la organización empezó a administrar casos de ancianos que han hecho la transición para salirse de un asilo.

Cerca de dos docenas de gerentes de caso trabajan en Conexiones Comunitarias, ofreciendo servicios a alrededor de 750 personas, desde niños hasta ancianos, en cinco condados. Los gerentes ayudan a sus clientes para que obtengan servicios de atención en el hogar.

Algunos clientes eligen recibir atención “dirigida por el consumidor”, es decir, que les da a las personas la habilidad de contratar, despedir, pagar y capacitar a sus propios proveedores de atención, con frecuencia parientes o amigos, con dinero de Medicaid que si no se usaría para pagarle a una agencia de cuidados. La atención dirigida por el consumidor con frecuencia es popular en las comunidades rurales como una opción por servicios que de otra forma no estarían disponibles, Reiskin dijo.

Pero no todos tienen la facultad o quieren la responsabilidad de manejar sus propios servicios, y no todos tienen amigos o parientes de los que pueden depender para recibir ayuda, Kiene dijo. Un poco más de 100 clientes de Conexiones Comunitarias usan servicios de apoyo dirigidos por el consumidor, la mayoría de los cuales viven con su familia.

Conexiones Comunitarias trabaja con cinco agencias en la región que proporcionan cuidados de salud en el hogar para que gente sin otro tipo de apoyo reciba servicios; Colorado Compassionate Care en Mancos es una de esas agencias. Pero las agencias tienen gastos administrativos, y los fondos de Medicaid no son suficientes para pagarle al personal mucho más que el salario mínimo. Además, se espera que el personal maneje sus propios vehículos bajo una tarifa por hora en lugar de un reembolso por milla, dijo Velasquez, la gerenta de Colorado Compassionate Care.

“Solo sé que es difícil contratar personal, especialmente con el salario que les dan a los PCWs [trabajadores de atención personal, por sus siglas en inglés], que tienen que ir y llevar sus propios automóviles; la gente examina los números, y tiene que ser una persona muy compasiva que quiera hacer este trabajo”, dijo.

Reembolsos más altos de Medicaid del gobierno federal y de Colorado podrían incentivar a más personas para que acepten trabajos de cuidados en el hogar, Velasquez y Kiene dijeron. Pero mientras tanto, los bajos salarios para quienes cuidan de otros en su hogar, un costo de vida cada vez más alto en Colorado y los riesgos continuos asociados con COVID-19 causan dificultades para que personas como Wilkie y Simpson reciban el apoyo que necesitan.

Magner lanzó un programa de voluntarios para ayudar a abordar la falta de personal en el área. Johnson, quien apoya a Wilkie como voluntaria, se unión al programa después de ver una publicación en las redes sociales solicitando apoyo para personas mayores en Durango.

A Johnson le preocupó la salud de Wilkie cuando lo conoció por primera vez. “Estaba en una depresión muy profunda, con dificultades para alimentarse por sí solo, levantarse y sentirse motivado”, dijo.

Durante el tiempo que se ha estado reuniendo con Wilkie, su estado de ánimo ha mejorado y la fractura en su cadera se ha curado. Puede caminar otra vez, pero sigue enfrentando algunos desafíos para moverse por el supermercado.

Antes de su encierro en un asilo, Wilkie pasaba el día bebiendo café y jugando cartas en el centro local para personas mayores. Vivía solo en un apartamento. Tenía amigos.  

“Logré conocer a todos”, Wilkie dijo. “Me sentaba con ellos y contaba chistes, solo para hacerlos reír”.  

Sin embargo, desde entonces el centro para ancianos cerró sus puertas. Wilkie no ha vivido en su apartamento el tiempo suficiente para hacer amistades. Y la sana distancia no ayuda con la posibilidad de que conozca a nuevas personas.

“No tengo ninguna opción”, dijo. “No tengo apoyo; necesito ir a un asilo”.

Bret Hauff
Durango, Colorado