2020-06-09
Story

José García, de 53 años, se ha estado trasladando a Palisade, Colorado, desde Guanajuato, México, durante 30 años para trabajar en los huertos de la Ladera Occidental. Este año, perdió su trabajo en pocas semanas debido a la helada primaveral y la pandemia del coronavirus. Fotografía tomada en Palisade el 3 de junio de 2020.

Fotografías de Luna Anna Archey

Por Sharon Sullivan

La labor de Guadalupe como trabajadora agrícola en el invernadero de Palisade, Colorado se considera esencial, lo cual le ha permitido seguir trabajando durante la pandemia de COVID-19. Sin embargo, la demanda de frutas y verduras del invernadero que cosecha en la primavera ha disminuido significativamente.

Usualmente, el 75 por ciento de la lechuga, col rizada, espinaca, rúcula y albahaca se venden a restaurantes en Grand Valley, Vail, Aspen y Denver. Pero con muchos restaurantes cerrados los últimos dos meses, y algunos que están empezando a abrir a menos clientes, gran parte de ese mercado ha desaparecido.  

Por lo tanto, las horas que Guadalupe trabaja se recortaron por la mitad a alrededor de 20 horas por semana, causa de estrés para esta inmigrante indocumentada de 41 años de edad. (Por razones de seguridad debido a su estatus migratorio, solo estamos usando el nombre de pila de algunas de las personas entrevistadas para esta historia.) Con cuatro niños en casa, además de una nieta recién nacida, Guadalupe es quien principalmente mantiene a la familia ahora. Su esposo perdió su trabajo agrícola después de la helada del 14 de abril que arruinó casi toda la cosecha anual de duraznos en Palisade.

Guadalupe vino con su familia de México a Colorado hace más de 12 años debido a las pandillas, el tráfico de drogas y la falta de trabajo. “Quería una mejor vida para mis hijos”, dijo.  

En Palisade, el doble impacto del brote del coronavirus y la helada que mató los capullos en la primavera afectó mucho a los trabajadores agrícolas en particular. Muchos trabajadores migrantes se fueron, mientras que quienes viven el área todo el año tratan de cubrir sus necesidades con la ayuda de bancos de alimentos y trabajos en su mayoría de medio tiempo.

Una distribución mensual de cajas con alimentos de Central High School en la cercana ciudad de Fruitvale, con provisiones de huevos, comida enlatada, carne y una bolsa de manzanas, ayuda algo. Sin embargo, los gastos del alquiler y los servicios públicos se están acumulando para familias como la de Guadalupe.

“Ha sido estresante. Sientes la presión de saber que necesitas pagar los gastos y simplemente no puedes”, Guadalupe dijo.  

Durante la temporada baja, muchos trabajadores agrícolas migrantes e inmigrantes hispanos trabajan en restaurantes u ofreciendo servicios de limpieza, pero ambas industrias también se han visto afectadas por COVID-19. Cuando esos trabajos desaparecieron casi todos debido a la orden de Colorado de permanecer en casa, la gente pensó que por lo menos tendría el trabajo de campo como trabajadores agrícolas esenciales, dijo Karalyn Dorn, directora ejecutiva de Servicios para el Niño y Migrante (Child and Migrant Services, en inglés), una organización no lucrativa en Palisade que proporciona servicios a trabajadores agrícolas y sus familias. (La organización es beneficiaria de The Colorado Trust.) Desafortunadamente, la helada primaveral también eliminó muchos de esos trabajos este año.  

“Fue un golpe adicional enorme”, Dorn dijo.

A pesar de pagar impuestos, muchas familias de inmigrantes indocumentados no reúnen requisitos para recibir el estímulo económico en 2020 (de hasta $1,200 por persona, más $500 por niño) que millones de estadounidenses recibieron para amortiguar el impacto de la pandemia. Si una persona en el hogar es indocumentada, ningún integrante de la familia reúne requisitos para recibir ayuda, incluidos los residentes de tiempo completo con estatus legal para trabajar en el país y los niños ciudadanos de EE. UU.

“Me preocupa mucho el impacto económico en la gente latina”, otra trabajadora agrícola del área de Palisade, María Elena, dijo. “Pagamos impuestos cada año, pero no tenemos un número de Seguro Social, [aunque] tenemos hijos que nacieron aquí. No es justo que declaramos impuestos y pagamos cada año pero no recibiremos [un cheque del estímulo económico]”.  

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María Elena, fotografiada el 3 de junio de 2020.

María Elena se unió a su esposo, Ángel, en Palisade hace cuatro años. Él solía viajar entre México y Colorado, desde donde enviaba dinero a su casa cada vez que le pagaban. Este año, debido a la helada, el trabajo agrícola desapareció, aunque su empleador está tratando de mantener a Ángel algo ocupado con proyectos de construcción. Tanto María Elena como Ángel son indocumentados.

Aunque son menos horas, por ahora, sus ingresos han sido suficientes para cubrir los $380 por alquilar un espacio donde estacionan la casa rodante de la familia.

María Elena no tiene trabajo actualmente, aunque en septiembre espera cosechar uvas como lo ha hecho antes; las uvas no se vieron tan afectadas por la helada como los duraznos y las cerezas. Usualmente, también organiza y empaca verduras durante el verano, pero le da miedo hacer eso ahora porque dice que es imposible mantenerse a seis pies de distancia en el cobertizo de empaque.

“Es un momento tan difícil. Se está poniendo cada vez peor”, María Elena dijo. “Es tan duro para la familia en cada aspecto, hasta ir a la tienda. En la tienda hay tanta gente a quien no le importa y no usa mascarilla ni se distancia socialmente”.

En tiempos normales, María Elena gana dinero adicional vendiendo tamales caseros. Cada tres semanas, pasa tres días en su cocina haciendo tamales oaxaqueños, una receta de la región de Oaxaca en México. Cuando termina de prepararlos, ella y su esposo manejan a Denver para entregar tamales a las personas que los pidieron. Gana aproximadamente $300 después de descontar los gastos.

“Debido al contagio, al virus, dejé de hacerlos”, María Elena dijo. “Fue una pérdida importante de ingresos”.  

Las comidas comunitarias se cancelan

Tradicionalmente, los Servicios para el Niño y Migrante distribuyen cenas tres veces por semana durante la época de cultivo a trabajadores agrícolas y sus familias en su Centro de Atención en Palisade. Las comidas al final del día laboral tienen como objetivo ayudar a que los trabajadores, muchos de los cuales están alejados de sus familias por varios meses cada año, se sientan bienvenidos y como en casa.

El programa se suspendió esta primavera debido a la pandemia.

“Es un comedor pequeño”, Dorn dijo. “Tenemos a personas, incluidos los empleados y voluntarios, a quienes les cuesta distanciarse socialmente. Es difícil mantenerse sano y salvo en un área tan pequeña”.  

A partir de mediados de junio, la organización ofrecerá comidas para llevar. Desde abril, se ha enfocado en otro servicio importante: recolectar productos higiénicos y alimentos básicos para los trabajadores agrícolas.

“Les hemos pedido que llamen para hacer una cita y recoger las cajas”, Dorn dijo. “Si no tienen transporte, podemos hacer que nuestro conductor vaya [una vez por semana] y haga la entrega. Esperamos que la gente también esté yendo a otras despensas de alimentos. Es imposible que logren sobrevivir con las horas muy limitadas [que trabajan] y lo que nosotros ofrecemos”.

Dorn dijo que espera abrir el Centro de Atención de manera segura para seguir brindando servicios y un “ambiente tranquilizante”. Extraña las conversaciones y la camaradería con los trabajadores agrícolas que solían venir a comer tres veces por semana.  

“Es difícil ser un centro de atención cuando no puedes recibir grupos y hacerlos sentir como en casa y cómodos”, dijo.  

Fundados en 1954 por un pequeño grupo de esposas de granjeros en Palisade, los Servicios para el Niño y Migrante recibirán menos fondos públicos este año ahora que tuvieron que posponer hasta 2021 su evento más importante para recaudar fondos. La banda musical Quemando Salsa, con base en Boulder, ha dado un concierto a beneficio de la organización cada verano por los últimos 14 años en Grande River Vineyards en Palisade. Los empleados y voluntarios de la organización usualmente prepararan y venden platos con frijoles, arroz, tamales y salsa durante el concierto al aire libre.  

“No estoy segura de cómo vamos a compensarlo”, Dorn dijo.

Los Servicios para el Niño y Migrante también venden tamales para recaudar fondos regularmente. Los voluntarios y empleados se reúnen por varias horas para rellenar las cáscaras de elote con una mezcla de masa y pollo, puerco o verduras que se prepara por la mañana en el centro. La fabricación de tamales se pausó temporalmente debido a la pandemia, pero volvió a iniciarse recientemente con voluntarios que cumplen las pautas del distanciamiento social y usan mascarillas.

Debido a la suspensión del programa de comidas y casi tres meses sin preparar tamales para vender, María Frausto, empleada de la organización e inmigrante mexicana, también enfrentó un recorte de horas laborales.

“Perdí un par de trabajos”, Frausto dijo. “Tengo una compañía de limpieza, pero ahora la gente tiene miedo de que vayamos a sus casas”.

Obstáculos desiguales en la enseñanza a distancia

Desde que el gobernador de Colorado Jared Polis ordenara el cierre de escuelas en marzo, los tres hijos más pequeños de Guadalupe han estado estudiando en línea. Eso ha creado desafíos adicionales para la familia.  

“Ha sido duro. No entiendo mucho de tecnología para poder ayudarlos”, Guadalupe dijo.

Durante la fase de enseñar a distancia, el Distrito Escolar 51 del Condado de Mesa prestó Chromebooks a las familias que no tenían computadoras en casa. Para ingresar a las clases en línea, la familia de Guadalupe tuvo que suscribirse a servicio de internet, un gasto nuevo de $68 mensuales. Aunque un proveedor local de internet ofreció una prueba gratis para conectarse, no todos reunieron requisitos para el servicio.

Los estudiantes migrantes e inmigrantes enfrentan necesidades particulares más allá del aprendizaje, las cuales son difíciles de cubrir cuando los maestros y niños no pueden reunirse en persona, dijo Tracy Gallegos. Gallegos es director de servicios educativos para migrantes en el distrito escolar, un puesto regional que abarca la región oeste-central de Colorado. Entre las necesidades más inmediatas figuran las barreras del idioma y el horario laboral usualmente inflexible de los trabajadores agrícolas.

“Es mucho más difícil que las familias inmigrantes obtengan el apoyo necesario para disminuir brechas educativas en estos momentos”, Gallegos dijo. “Las escuelas están haciendo todo lo posible. Es difícil ofrecer apoyo con el idioma y los estudios para asegurar que el aprendizaje continúe en casa. Y los trabajadores agrícolas, a quienes se considera esenciales, siguen trabajando, así que [con frecuencia] no están en casa para ayudar”.  

Las escuelas funcionan con horarios que no siempre se adaptan a las familias de trabajadores agrícolas, Gallegos dijo; por lo tanto, muchas familias no se inscriben al programa de educación para migrantes. Actualmente el horario de oficina del distrito es de 9 a 11 a.m. y de 1 a 3 p.m.: “Si no puedes comunicarte con ellos entonces, imposible”, Gallegos dijo.

Las políticas nacionales reflejan una falta de respeto hacia los trabajadores agrícolas, Gallegos piensa, y esa actitud afecta a los niños inmigrantes, a quienes ya les falta seguridad en sí mismos debido a barreras del idioma y mudanzas frecuentes. Que se denomine como “trabajo no calificado es mentira”, dijo.  

En abril, la administración de Trump buscó recortar el salario de los trabajadores agrícolas migrantes para ayudar a los propietarios de tierras durante la crisis del coronavirus. Esta fue una indicación más de que el trabajo no se valora, Gallegos dijo.

“Parte del trabajo que tratamos de hacer es fomentar el orgullo”, Gallegos dijo. “Mi abuelo trabajó en los huertos. Corre por mi sangre. Amo a esta comunidad; están haciendo un trabajo extremadamente importante”.  

Un viaje riesgoso

Durante los últimos 30 años, cuando empieza la primavera, José García, de 53 años, viaja desde su pueblo en Guanajuato, México, a Palisade para trabajar en los huertos donde poda y cosecha duraznos. García tiene una tarjeta verde, lo cual significa que puede vivir y trabajar permanentemente en Estados Unidos.  

Como la mayoría de los trabajadores agrícolas que viajan entre un lugar y otro, envía dinero a su familia cada vez que le pagan. García gana aproximadamente $11 por hora después de que el propietario descuenta una parte de su salario para proporcionarle vivienda.  

Esta primavera, García tuvo la casa rodante para él solo; normalmente, la comparte con dos o tres de sus hermanos y un hijo y, a veces, su esposa. Pero este año, vino solo porque no había mucho trabajo disponible.

Llegó el 1º de mayo; usualmente llega en marzo o abril. Debido a la helada y la pandemia, el empleador de García ya no tuvo más trabajo para darle a finales de mayo. A principios de junio, García tomó un autobús hacia Nuevo México, en donde un amigo le prometió un trabajo cosechando chiles verdes.  

Con menos trabajadores presentes, García no tuvo que preocuparse de distanciarse socialmente en el huerto durante las primeras semanas de trabajo. Sin embargo, el traslado en autobús desde la frontera entre México y Estados Unidos hasta Palisade le pareció riesgoso, especialmente la parte entre Denver y Grand Junction. García dijo que había muchos pasajeros y la mayoría de ellos no tenían mascarilla.

En México, dijo que era obligatorio usar mascarilla en los autobuses. En EE. UU., aunque los pasajeros de México usaron mascarilla, la mayoría de los “gringos” no tenían, García dijo. (El 31 de mayo, Greyhound finalmente implementó una norma que obliga a todos los pasajeros a cubrirse la cara cuando viajen en uno de sus autobuses.)

“Estoy arriesgándome por muy poco trabajo”, García dijo del coronavirus. “Lo peor es la incertidumbre de si me voy a enfermar. Si me enfermo, quizás no sea grave. No sé qué pensar ni sentir”.

Gallegos dijo que todavía no se sabe cuáles serán los efectos a largo plazo de la pandemia en los trabajadores agrícolas migrantes e inmigrantes.  

“Tengo a familias inscritas a mi programa que, cuando empezó la pandemia, sintieron la necesidad de estar cerca de su familia y regresaron a México”, dijo. “Y ahora no pueden volver porque la frontera está cerrada.

“Hay familias que viven en México y van y vienen; siguen las cosechas. Definitivamente habrá impactos a largo plazo, especialmente con la política de cerrar la frontera”.  

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Grand Junction, Colo.